“Al morir un amigo… algo de mí, resucitó en él”

“Al morir un amigo… algo
de mí, resucitó en él”

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

En una de sus reflexiones, el padre Javier Gafo -teólogo y moralista español- mencionaba un artículo de la escritora Pearl S. Buck, en el que hablando de la vida y la muerte citaba la carta que le escribió una mujer desconocida que había perdido a su marido:

«Cuando mis pequeños no pudieron comprender el silencio de su padre, recientemente fallecido y que les quería mucho, traté de explicárselo describiéndoles el ciclo vital de su caballito de mar. Comienza como un gusano en el mar; pero, en el momento justo, emerge, y cuando se da cuenta de que tiene alas, vuela. Supongo -les dije- que los que se quedan en el agua se preguntan dónde se ha ido y por qué no vuelve. No puede volver porque tiene alas, ni los que se quedaron pueden volar junto a él porque todavía no las tienen». La escritora estadounidense y premio Nobel de Literatura concluía: «Es cierto; aún no tenemos alas, pero llegará un día».

La muerte de un ser querido se convierte en una experiencia desconcertante que nos deja hundidos en la tristeza, el sufrimiento y la desesperanza. Frente a la muerte de un ser querido sentimos la necesidad de generar fuerzas especiales para mantenernos en pie y para vislumbrar cómo será nuestra vida sin su presencia.

A nivel de la fe a duras penas alcanzamos a balbucear una oración, en todo caso para pedirle al Señor que admita en su reino glorioso a nuestros fieles difuntos. Fuera de esta petición difícilmente expresamos algo más en ese momento de profundo dolor y desconcierto. Así que ante un cuadro como este experimentamos nuestra pequeñez, fragilidad y vulnerabilidad que nos hace clamar al Señor.

Como cristianos tenemos que reconocer que aun cuando tengamos mucha confianza y familiaridad con Dios, sin embargo el misterio de la muerte nos estremece y nos cuestiona. Decía San Agustín:

Aquellos que nos han dejado

no están ausentes,

sino invisibles.

Tienen sus ojos

llenos de gloria,

fijos en los nuestros,

llenos de lágrimas.

Creyentes y no creyentes sufrimos por igual ante el misterio de la muerte, pero los que tenemos fe nos esforzamos por descubrir en este misterio la mano poderosa del Señor que nos rescata de las garras de la muerte. Los que tenemos fe no sufrimos la muerte como un fracaso, sino como una experiencia de renovación que vuelve a confirmar el designio de salvación de parte de Dios Nuestro Señor.

Vamos cayendo en la cuenta que cuando ya no podemos hacer nada por los enfermos ni con nuestro dinero ni con el poder que ha alcanzado la ciencia y la medicina, el Señor es el único que con su infinito amor nos rescata para la vida eterna, pues la muerte no tiene la última palabra, la muerte no se sale con la suya.

Hablando de nuestros difuntos, la fe nos asegura que el destino de sus amores, de sus luchas, de sus alegrías y de sus buenas obras, no fue la muerte definitiva, sino la vida junto a Dios, por lo que podemos decir: «¡Dichosos los muertos que mueren en el Señor! Sus obras les acompañan”.

Tiene que llegar el momento en que además de pedir por el eterno descanso de nuestros fieles difuntos, también aprendamos a darle gracias a Dios por todo lo que nos otorgó a través de la vida de estos hermanos. Hay que reconocer las bendiciones de Dios a través de nuestros seres queridos para que vayamos cayendo en la cuenta que han culminado su misión y eso se tiene que convertir para nosotros en una motivación muy especial para no paralizarnos, para no vivir sin esperanza sino para retomar nuestra propia misión con la esperanza de volver a encontrarnos con ellos en el reino del Padre celestial.

En el mismo artículo el padre Javier Gafo citaba esta oración: «Al morir un amigo, algo de mí, que ya era él, se fue. Algo de mí, resucitó en él. Algo de él, que todavía es yo, se quedó. Algo de él espera a mi resurrección». «Es cierto: aún no tenemos alas, pero llegará el día» en que nuestros ojos vean finalmente al amigo, a la madre, a la esposa, al hermano, al padre, al hijo…, que allí nos esperan.

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