Chimalpopoca: fast fashion y nuestros hábitos de consumo

Cecilia Munoz

Cecilia Muñoz 

Polisemia 

Anne tenía solo un vestido para usar todos los días y, al contrario de lo que muchos pensarían en un primer momento, era feliz. Ciertamente la prenda era de un triste color café y no lucía las preciosas mangas abombadas que tanto estaban de moda, pero funcionaba tanto como garantía como promesa. Después de ese vestido, la pequeña Anne Shirley se quedaría y crecería en Tejas Verdes, y con el tiempo, ganaría un vestido de fiesta y uno de domingo (¡azul y con las mangas abombadas!).

¿Y nosotros? ¿Cuántas prendas nos hacen felices? ¿Cuántas veces al año pensamos “no tengo nada que ponerme” o “esta prenda ya está pasada de moda”? Mientras, nuestros respectivos closets amenazan con reventar.

La fotografía de las etiquetas de Shasa, conocida tienda de ropa, entre los escombros de Chimalpopoca, en Ciudad de México, obliga de inmediato a repensar nuestros hábitos de consumo textil. No importa que Shasa no sea nuestra tienda favorita, pues otras marcas que usamos no se diferencian mucho de ésta: escaso cuidado al medio ambiente en la fabricación de las prendas y pobres condiciones de trabajo para sus empleados son la tónica diaria de estas empresas.

Se le llama fast fashion: la moda que rápidamente podemos conseguir en las sucursales locales de negocios internacionales que traen las últimas tendencias a precios accesibles, pero con materiales de poca durabilidad. Y si bien la fast fashion ha logrado que alcancemos el efímero placer del shopping, también ha dañado al planeta y explotado a los más necesitados, generalmente encerrados en edificios que, como el de Chimalpopoca, no cubren los requerimientos necesarios de seguridad y habitabilidad.

Cuando me fijo en la etiqueta de la última blusa que compré, doy un brinco: ¡está hecha en Boca del Río! Una rápida búsqueda en Google me revela que en 2005 fueron inauguradas dos maquiladoras de ropa en Veracruz, una en Tantoyuca y otra en Naranjos. El entonces gobernador, Fidel Herrera Beltrán, se congratuló por la razón de siempre: la creación de nuevos empleos.

Por su parte, Altotonga también forma parte “de un corredor maquilador de ropa cuyo principal polo es Teziutlán, en el estado de Puebla y que se extiende a los municipios de Jalacingo, Altotonga, Atzalan (Plan de Arroyos), Villa Aldama y Perote”, de acuerdo con Lauro Ángel Trujillo Anaya (https://goo.gl/sLSb9u).

Trujillo Anaya revela las jornadas extenuantes a las que los trabajadores de estas maquiladoras se exponen: música a todo volumen, junto con el estruendo y el calor sofocante generado por las máquinas. Las horas extras sin remuneración son frecuentes, junto con el atraso de los paupérrimos salarios, a los cuales además se les descuenta por operaciones mal realizadas. Ni hablar de las prestaciones de ley que si existen, están a medias.

¡Ah, pero lo bueno es que generan nuevos empleos!

Moralmente, ¿cuál es nuestra opción? ¿Dejamos de comprar fast fashion? En algún sitio leo que no se trata de eso, sino de verificarla: ¿la prenda que hemos tomado del aparador indica en su etiqueta que usó un proceso de fabricación amigable con el ambiente? ¿Qué sabemos de las condiciones de trabajo del país de origen? Recuerdo vagamente poseer un pantalón que decía ser ecológico… y estar hecho en Bangladesh… Algo me inquieta del lugar de origen… ¿Para qué hacerme tonta? Una nueva búsqueda acerca de este país y maquiladoras en Google arroja resultados como “horror”, “coste humano” y “el peor accidente del mundo de la moda”.

“¿Las pacas?”, me dice mi amiga, la fashionista. “¡Pero luego no te dejan probártelas y es un problema con los pantalones!”. Buscamos opciones para seguir comprando de forma ética, poco dispuestas a alejarnos del consumismo. ¿Los diseñadores locales, las tiendas

vintage, los saldos, los mercados? ¿Compramos una máquina de coser y patrones? ¿Vamos con la costurera de la esquina? Viene a nuestra mente Sophia Amorouso, quien construyó las bases de su imperio, Nasty Gal, con ropa vintage. Y también, claro, la pequeña Anne Shirley, de la escritora Lucy Maud Montgomery… ¡Si yo pudiera ser feliz con tan solo un vestido, aunque no tuviera las mangas abombadas!

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