Corrupción e impunidad sí son el problema

Rebecca Arenas

AGENDA CIUDADANA

Rebecca Arenas

Hay pueblos en el mundo cuya historia parece haber sido trazada por la mala fortuna: al través de su historia han sufrido invasiones, masacres, migraciones, devastaciones, como si el destino se ensañara con sus habitantes. Otros, en cambio, parecen haber nacido para ganar: con pocas o nulas experiencias negativas desde el exterior han sido ellos los que han invadido, conquistado, colonizado, explotado y arruinado a los demás. Trayectorias de vida ambas diametralmente opuestas, que trascienden al través del tiempo influyendo en el comportamiento, aspiraciones y valores de sus nacionales.

El pueblo alemán, por ejemplo, muestra desde siempre una marcada vocación para planificar y organizar y un arraigado respeto por las reglas, incluyendo las leyes, por la disciplina, el orden, la limpieza y la puntualidad. Habida cuenta de sus reglas claras, es posible una vida placentera para esa sociedad.

Según el Índice de Percepción de la Corrupción (IPC) 2016, que recién presentó Transparencia Internacional (TI), Nueva Zelanda y Dinamarca sobresalen como los países menos corruptos del mundo, con 90 puntos sobre 100, que sería el nivel mínimo de corrupción que se puede tener. Completan el ranking: Finlandia (89), Suecia (88), Suiza (86), Noruega (85), Singapur (84), Holanda (83), Canadá (82), y Alemania, Luxemburgo y el Reino Unido (81).

En el otro extremo, es decir los más corruptos, aparece Somalia con sólo 10 puntos de 90, y por décimo año consecutivo el país más corrupto del mundo entre los 176 incluidos. Lo siguen muy de cerca Sudán del Sur (11), Corea del Norte (12), Siria (13), Libia (14), Yemen (14), Sudán (14), Afganistán (15), Guinea-Bisáu (16), Venezuela e Irak (17).

En este estudio, México obtuvo una puntuación de 30, pasando del lugar 95 al 123, de los 176 países analizados. Es decir, descendió 28 lugares en tan solo un año, manteniéndose por debajo de sus principales socios y competidores económicos. Cuarenta posiciones separan a México de China, India y Brasil, sus principales competidores económicos; y somos el último lugar dentro de las 35 economías que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), De absoluta pena ajena.

Se trata de cifras duras, no de conversaciones ocurrentes entre señoras que repiten cuanto escuchan. Por eso es muy reprochable que las más altas autoridades del país intenten soslayar una realidad que nos está destruyendo y tiene a nuestro país como un enfermo terminal: postrado y sin posibilidades de alivio.

El principal antídoto contra la corrupción debe ser reconocerla. Poco podemos esperar si es el propio gobierno quien se niega a ver lo evidente. Una primera acción eficaz sería reconocer que corrupción e impunidad se han extendido a lo largo y ancho del país, a niveles alarmantes, y que sólo podremos combatirla si además de asumirla nos organizamos, como cuando los sismos, para combatirla unidos.

Negar que existen corrupción e impunidad, es pretender tapar el sol con un dedo, pero soslayar su importancia diciendo que ocurren en todas partes, equivale a adoptar aquello de “mal de muchos……..”

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