Lo que nos faltaba: la robotización

Arturo Reyes Isidoro

Prosa aprisa

Arturo Reyes Isidoro

No es ciencia ficción. El destino –para recordar el título de la película futurista Cuando el destino nos alcance (1973)– ya nos alcanzó.

Un informe del Foro Económico Mundial dado a conocer ayer pronostica que dentro de siete años las máquinas y el software automatizado realizarán la mitad de las tareas en los espacios de trabajo.

Quizá para evitar que cunda el temor, se dijo a la vez que tecnologías como la inteligencia artificial, la robótica y la medicina de precisión podrían crear más empleos de los que acabarían, aunque los grupos de investigación difieren y no todos están de acuerdo.

Creo que casi la mayoría de los mexicanos tenemos la experiencia de la automatización en nuestros hogares o en nuestras actividades diarias, últimamente de forma más acelerada con la llegada de la llamada era digital.

En mi caso, lector de libros que soy, hace ya varios años que poseo un lector de libros electrónico Kindle que me permite comprarlos en Estados Unidos con un solo clic y descargarlos en segundos, almacenar hasta cuatro mil ejemplares (en el modelo que tengo) y leer ya sea a pleno sol o en la más absoluta oscuridad.

Sobre la misma pantalla se pueden subrayar frases con distintos colores, ahí mismo seleccionar una palabra y buscar su significado en un diccionario que está integrado o copiar alguna frase o algún fragmento de texto y reenviarlo a otras personas.

Del tamaño un poco más grande que un teléfono celular, también permite cambiar el tipo de letra y ampliarla, y mi modelo (hoy existen diversos) hace también casi todas las funciones de un Ipad además de que es a color.

Tiene la ventaja de la portabilidad, de tal forma que puedo cargar con el aparatito sin mayor problema en muy poco espacio, además de que la batería demora semanas para que se agote.

Es una forma de automatización que vivo a diario, fenómeno que preocupantemente amenaza ahora miles, millones de empleos en todo el mundo, que nos va a alcanzar a todos irremediablemente porque ya no se requerirá mano de obra humana para funcionar, por más que se nos diga que se crearán muchos más de los que se van a perder.

Recientemente Gonzalo Morgado me regaló un libro que se está vendiendo como pan caliente: ¡Sálvese quien pueda! del periodista Andrés Oppenheimer.

Acaso sea muy arriesgado decir que la obra se puede resumir en la alerta que hace de que 47% de los empleos será reemplazado por robots o computadores inteligentes, y pregunta quién está preparado.

La contraportada del libro amplía detalles: el autor encara el fenómeno que transformará radicalmente la sociedad, pues es probable que en las próximas dos décadas casi la mitad de los trabajos sea reemplazado por computadoras con inteligencia artificial (el informe de ayer reduce el tiempo a siete años).

“Abogados, contadores, médicos, comunicadores, vendedores, banqueros, maestros, obreros, restauranteros, analistas, choferes, meseros, trabajadores y estudiantes… tiemblen o prepárense”, advierte, sugerente, el texto de la contraportada. 

Oppenheimer, detalla qué y cómo ocurrirá, a qué ritmo y qué países sufrirán más por el golpe. Para ello explica en el prólogo que viajó a los principales centros de investigación del mundo y entrevistó a los más importantes “gurúes” sobre el tema. Con base en ello sacó sus conclusiones.

Es tanta la información con la que se nos abruma a diario en todos los medios y por todos los medios que no hacemos un alto para reparar en lo que está pasando. Creo que el libro tiene el valor de hacernos reflexionar.

“Las noticias nos ofrecen un ejemplo tras otro de cómo el proceso de destrucción creativa de la tecnología está logrando crear nuevas empresas, pero a costa de terminar con otras que empleaban a mucha más gente”, dice en el prólogo.

Cita el caso de Kodak, que tenía 140 000 empleados pero se fue a la quiebra en 2012 empujada por Instagram, “una empresita de apenas 13 empleados que supo anticiparse a Kodak en la fotografía digital”.

Otro caso es el de Blockbuster, la cadena de tiendas de alquiler de películas (en Xalapa existió una) que llegó a tener 60 000 empleados en todo el mundo pero que quebró por no poder competir con Netflix, “otra pequeña empresa que empezó mandando películas a domicilio con apenas 30 empleados”.

Una empresa en peligro sería General Motors, que en su época de oro llegó a tener 618 000 empleados, que hoy tiene 202 000, pero que se ve amenazada por Tesla y por Google que están desarrollando el auto que se maneja solo y que tienen solo 30 000 y 55 000 empleados, respectivamente.

Escalofriante en realidad.

En México me llamó la atención la noticia que publicó El Economista el jueves pasado de que la automatización llegó a las barras de los bares mexicanos.

Se dijo que la compañía mexicana Minifab creó Barbot, el primer bartender (es la persona que atiende a los clientes en la barra de un bar) robótico, que se vende a un precio sumamente competitivo: 38 000 pesos y que no supone gastos de mantenimiento.

Se explica que la máquina es capaz de elaborar todo tipo de bebidas de coctelería, shots de cualquier licor y tragos más complejos, como una margarita o un Gin&Tonic, y también puede estar destinado a producir bebidas sin alcohol, ya que la aplicación es completamente programable según las necesidades del cliente. Ya se piensa en hacer adecuaciones para que sirva cerveza y reciba pagos en forma automatizada (esto ya es posible en Estados Unidos).

Aunque se señala que “Los bartenders humanos no tienen de qué preocuparse, ya que Barbot es un asistente que realiza las funciones más mecánicas y precisas de su labor, por lo que facilita la creación de bebidas y requiere de atención para la decoración de los tragos y el cambio de botellas en la máquina”, no se ve cómo se va a evitar que los negocios despidan personal y se queden con los estrictamente necesarios.

Ese mismo jueves, Enrique Campos Suárez (acompaña todas las mañanas en “Despierta” a Loret de Mola y a Ana Francisca Vega) publicó un artículo que tituló “Cuando un robot haga mi trabajo”, en el que advierte que el desempleo no es una preocupación solo de los japoneses, sino también de los mexicanos.

Recuerda que la máquina expendedora de refrescos y papitas, el pago del estacionamiento o un cajero automático son tecnologías con las que ya hemos convivido durante muchas décadas, y que más recientemente compramos un viaje por Internet, desde el teléfono móvil compramos los boletos del cine o tomamos un curso de idiomas en línea.

“Ésa es nuestra experiencia como consumidores. Pero en la industria las líneas de producción delegan cada vez más funciones a las máquinas y desplazan el trabajo humano”.

Trae a colación el despido en días pasados de 1 500 empleados por parte de Bancomer a causa de la automatización y señala que es inevitable el avance de la tecnología.

Para él la respuesta al problema está en la adaptación laboral, en el aumento de las competencias tecnológicas para adaptarse a la inevitable automatización.

En su libro, Oppenheimer explica qué puede hacer cada uno de nosotros ante el “terremoto que se acerca” y enlista cuáles son los trabajos que, esos sí, dice, tienen futuro.

¿Las instituciones educativas en México, los gobiernos, las empresas se preparan ya para hacer frente al terremoto que significará la robotización y la consecuente pérdida de empleos que producirá?

Se llevan hasta las macetas

Aunque apenas es septiembre, es el Año de Hidalgo. Como ocurrió en el gobierno de Javier Duarte, en el que está por salir, yunista, parece que no están dispuestos a dejar nada. En la Secretaría de Desarrollo Social estatal cargan hasta con las macetas que decoraban oficinas. Una foto tomada ayer muestra el momento en que estaban a punto de subir dos a un vehículo estacionado en el estacionamiento de la dependencia. ¡Viva el Año de Hidalgo, tata tatata el que deje algo!

 

 

 

 

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