“No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo”

“No me basta con amar a Dios,
si no lo ama mi prójimo”

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

Hay forma de comprobar qué tan auténtica es la fe cristiana que decimos profesar. No basta con decir que creemos en Dios. La fe también pide una serie de signos para demostrar que es auténtica. La expresión de la fe no es tan simple, fácil y abstracta como algunos quisieran simplemente por comodidad.

Se pueden mencionar diversos signos para reconocer la autenticidad de una vida de fe, pero me limitaré a señalar tres en especial. En primer lugar, San Juan asegura que no basta con decir que amamos a Dios. Esta afirmación requiere también del testimonio, pues el amor a Dios, para ser verdadero, tiene que demostrarse en el amor al prójimo, en la manera como reconocemos y respetamos la dignidad de los demás.

San Juan, incluso, usa una expresión muy fuerte para caer en la cuenta de esta correspondencia que debe existir, cuando asegura: «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano» (1Jn 4, 20-21).

Hay un segundo signo muy revelador para demostrar la autenticidad de nuestra fe. La fe auténtica refuerza los vínculos. La fe nos vincula con Dios, nos vincula con la familia, nos vincula con los hermanos y nos vincula con la comunidad. La fe no justifica individualismos ni visiones de vida cristiana donde se rompe con la comunidad.

Por eso, es insostenible la postura de los que aseguran que no necesitan a los demás para hablar con Dios, que les basta quedarse encerrados en su cuarto o acordarse intimistamente de Dios. Algunos aseguran que no necesitan a la Iglesia, que tienen pase directo para comunicarse con Dios. La fe crea vínculos que llegan a ser muy profundos. No se puede entender una fe individualista que justifique la falta de compromiso para construir la fraternidad, para estar en comunidad.

Podríamos mencionar un tercer signo para reconocer la autenticidad de una vida de fe. La fe no se puede esconder ni se limita su expresión en un tiempo y espacio determinados. La fe por naturaleza tiende a manifestarse y sobre todo a testimoniarse. La fe provoca la dicha y la seguridad de estar en las manos de Dios. Por eso, tiende a compartirse como una manera de contagiar a los demás de lo que ha provocado en nosotros: la alegría, la paz y la seguridad.

Decía al respecto San Vicente de Paúl: «No me basta con amar a Dios, si no lo ama mi prójimo». No se puede vivir de manera anónima y privada nuestra relación con Dios, porque el encuentro verdadero con el Señor nos impulsa a hablar de Él y compartirlo como secreto de la alegría que todos buscamos en la vida.

No basta asegurar que creemos en Dios y que “cuando nos nace” lo buscamos y hablamos con Él. Tampoco es suficiente decir que basta con pensar en Él para cubrir lo que corresponde a una vida espiritual. La fe para ser auténtica nos compromete en el trato con los demás, nos vincula con los hermanos y nos impulsa a anunciar abiertamente las maravillas de Dios.

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