No vivimos el cristianismo con traje de fiesta sino con ropa de trabajo

No vivimos el cristianismo con traje
de fiesta sino con ropa de trabajo

Pbro. José Juan Sánchez Jácome

La imagen que los cristianos damos al mundo no ha sido siempre la mejor. Aun cuando hay excepciones y casos verdaderamente heroicos de hermanos y hermanas que viven su fe de manera comprometida, la imagen que damos no es del todo positiva. Se nos echan en cara varias cosas, sobre todo la falta de alegría, la contradicción y la falta de compromiso.

Por eso, se ha dicho que no llevamos nuestro cristianismo con traje de fiesta sino con ropa de trabajo. Es una manera de decir que sí creemos en Dios, nos esforzamos por vivir algunos preceptos, pero la fe todavía no incide en nosotros de tal manera que provoque un gozo que nazca en el interior.

No nos distinguimos todavía por ser personas amables, alegres, entusiastas y perseverantes. Nuestro cristianismo nos alcanza para hacer algunas cosas y para esforzarnos, pero no para sentirnos plenos y dichosos. Ciertamente puede haber prejuicios acerca de nuestra religión y sobre todo prejuicios acerca de los ministros y especialmente de los sacerdotes, pero más allá de los prejuicios también proyectamos una imagen de tristeza, de falta de ánimo y de falta de compromiso.

Esta es una constatación que tiene que llevarnos a reaccionar y a tomar conciencia del potencial de alegría y de fortaleza que contiene nuestra fe cristiana. Cuando alguien toma en serio su cristianismo y descubre este potencial impresionante de la fe, cae en la cuenta de que no hace falta buscar en otras fuentes lo que Jesucristo nos ofrece de una manera plena y definitiva.

Para que el cristianismo responda realmente a los principales interrogantes y para que llegue a darle sentido a toda nuestra vida se ve la necesidad de rehacer los primeros pasos de la fe. Quizá al principio entendimos que lo importante era simplemente ser buenos, hacer bien las cosas y llevar un comportamiento moral adecuado, como una expresión del compromiso con nuestra fe.

Este aspecto, de hecho, es importante, porque no se puede decir que amamos a Dios y al mismo tiempo llevar una vida basada en las injusticias, en la mentira y en la irresponsabilidad. Pero el ideal de llegar a ser buenas personas debe tener un fundamento, una verdadera motivación y eso es lo que precisamente nos falta.

Por eso, es fundamental que todos tengamos la experiencia de la bondad de Dios, del amor incondicional de Dios para todos. Si alguien experimenta el amor de Dios sentirá cómo brota la alegría en su corazón, lo cual lo llevará a comprometerse en la construcción de un mundo mejor, empezando con su propia persona.

Sentirse amado y percibir la bondad de Dios son experiencias que provocan el gozo y la convicción de que lo que vivimos es algo que realmente vale la pena, a pesar de que tengamos que enfrentar situaciones difíciles a lo largo de la vida. Si nos falta esta experiencia fundante corremos el riesgo de cansarnos y desanimarnos algún día, sobre todo al constatar las grandes dificultades que hay en este mundo para construir una vida basada en los criterios del evangelio.

Gracias a Dios entre nosotros hay personas que expresan su convicción y su alegría, porque han llegado a tener esta profunda experiencia de Dios. Los problemas de la vida y las presiones de este mundo no hacen sucumbir su fe porque tienen como fundamento la experiencia del amor de Dios.

¡Cuánto nos falta saborear el amor de Dios! Busquemos esta experiencia y pongámosla como fundamento de nuestra vida para que nunca nos pese ser cristianos ni vivamos nuestra fe porque no nos queda de otra, sino que manifestemos en todo lo que vivimos –aún en las situaciones difíciles- la alegría de ser de Cristo.

Enlaces de interés