Diputados ausentes

Sergio Gonzalez Levet

Sin tacto

Por Sergio González Levet

El tuxpeño César Garizurieta, mejor conocido como el Tlacuache, fue un político y escritor con una vida pública llena de ocurrencias que le dieron fama y lo hicieron pervivir hasta nuestros días en el recuerdo de la historia cotidiana de México.

Fue diputado cuando menos en dos ocasiones y se inmortalizó con su propuesta, hecha en serio ante la Cámara de Diputados, de legalizar la mordida.

De entrada parece chunga, pero la idea no era tan ingenua, como podría pensarse a simple vista.

Nuestro paisano decía que si un conductor, por ejemplo, cometía una infracción, podría pagar de inmediato al agente el 10 por ciento del costo de la multa, y obtendría un recibo oficial.

Así, ingresarían a las.arcas públicas recursos que hasta hoy se pierden en los bolsillos de los mordelones.

Ese mismo Tlacuache es quien acuñó la famosa frase de que «vivir fuera del presupuesto es vivir en el error».

Y también es conocida la anécdota de que fue postulado como candidato del PRI por el distrito de Papantla, lo que no l gustó nada a los totonacas, muy celosos de su regionalismo.

Dicen que en un mitin en el que abundaban los abucheos, el Tlacuache arengó a los asistentes:

–¿No quieren verme por aquí?

–¡Noooo! –contestó la muchedumbre, enardecida .

–Pues si no me quieren ver –gritó el despreciado candidato– pueden hacer una cosa: voten por mí, y si gano, es seguro que no me vuelven a ver el polvo en los tres años que dura el puesto, como pasa siempre con los diputados.

La anécdota retrata una costumbre que hasta la fecha siguen muchos representantes populares, que solamente se acuerdan de los ciudadanos que los eligieron cuando necesitan otra vez su voto.

Eso sucede con diputados que ganaron el puesto por una tómbola, sin saber el oficio y sin vocación.

Pero ahí andan de nuevo, enfundados en su cinismo, queriendo reelegirse.

Ojalá que esos diputados ausentes reciban la repulsa de quienes votaron por ellos la primera vez y pierdan estrepitosamente.

Es el único remedio que nos queda para castigarlos como se merecen.

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