El candidato y el elector

Sergio Gonzalez Levet

Sin tacto 

Por Sergio González Levet

El poeta la ve a ella, siempre a ella, tan cercana y tan distante al mismo tiempo. Pero ella mira a otro.

El Presidente ve enemigos, conservadores, fifís, adversarios.

El cura observa a sus feligreses, mira almas perdidas y tantea las limosnas posibles.

El comerciante ve clientes; el bolero, zapatos; la cocinera, comensales; el taxista, pasajeros. El Gobernador ve solamente periodistas maléficos; los periodistas, malos gobernantes.

Y yo, cómo el poeta, la veo a ella, siempre a ella…

Pero el candidato, ay el candidato, ve votos. Mira en nosotros a posibles sufragios y no nuestras personas, ni nuestras necesidades o nuestros sueños, los posibles y los imposibles. Nos ve y no nos mira. Ni nos oye.

Ve votos y ya. Una cruz trazada en cada uno de nuestros rostros ciudadanos. Dos rayas negras cruzadas en medio de la cara; del ojo izquierdo al cachete derecho, y viceversa.

Y él alucina, se imagina esas dos líneas negras y benditas plasmadas millonariamente en la parte de la boleta en donde aparece su nombre.

Para lograr ese milagro que haga transmigrar la voluntad de una persona hacia su persona como funcionario, el candidato es capaz de todo: de hacer las promesas que sean; de no dormir durante los 60 o 30 días que dura la campaña, según el puesto; de caminar kilómetros y kilómetros de calles y de casas para convencer a los vecinos. Y para convencerlos, decir lo que sea, lo que ellos quieran escuchar, con tal de que salgan y vayan a votar por él, por su partido y por su proyecto ese bendito domingo 6 de junio de 2021.

Los candidatos son capaces de todo… o de casi todo, porque nunca se atreverán a decir la verdad, ésa que le duele al pueblo y que al mismo tiempo le sabe a gloria; ésa que quieren escuchar las madres empecinadas, los hombres desilusionados, los chicos sin beca, las muchachas sin futuro y con un presente aterrador, que las victimiza, que las desaparece, que las viola.

La verdad es esa panacea que, humm, verdaderamente consigue los votos necesarios para ganar, y hasta más, para avasallar porque la gente está cansada de tantas mentiras, de tantos engaños, de tantas traiciones.

De tantas ilusiones perdidas…

El candidato bien intencionado, el honesto, es apenas uno entre sus miles de pares falsos, ingratos, pérfidos. Y miren lo que son las cosas: ése va a ganar, va a arrollar porque el pueblo bueno sigue creyendo en la gente de bien.

Y ése pueblo es bueno, pero no… dejado.

Conste.

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